domingo, 22 de agosto de 2010

La Obsesiva


Llevaba 20 años siendo bibliotecaria en un colegio de monjas arribistas, sentada en el mismo sitial rococó marzo tras marzo, ordenando estantes de almanaques, biblias y álbumes con estampitas de primera comunión, mientras oía el rezo bilingüe que traía el rocío en mañanas solitarias y gélidas. Pasaba el día haciendo callar a quinceañeras que hablaban en voz alta, cruzándose el chaleco cada vez que oía la palabra Monga, como la llamaban a su espalda, por culpa de esa incipiente patilla que crecía cada vez con más testosterona.

Llegaba a las cuatro décadas pronunciando pocas palabras al día, a veces ninguna, soltera lujuriosa, pero recatada, esclava del recuerdo húmedo que guardaba bajo el colchón del catre; aquel condón azul, usado por ese príncipe que le reveló el orgasmo ahora convertido en leyenda morbosa, recordado en lejanas noches tibias.

Lo conoció en un paradero, él venía con overol, aún sudando el trabajo de la obra, ella venía con minifalda, aún mascando la hostia del Mes de María.

Ella pagó el motel en Cumming. Se vieron dos veces más, luego le confesó que era casado. Nunca más lo vio. Ese mismo año murió su madre. La encontró sentada frente al televisor viendo farándula española, tiesa como palo, un paro cardíaco fulminante, diría el certificado de defunción.

Quedó entonces viuda del matriarcado, viviendo sola por primera vez, liberada por fin del rosario madrugador que la vieja le imponía mate en mano.

Esa tarde tomaba café y devoraba una caja de Dunkin’ Donuts. Era viernes y a esa hora ya casi no quedaban alumnas en el colegio, así que se permitió un momento de relajo y entró a Facebook. No supo si fue el café o la ansiedad uterina, pero de pronto sintió la entrepierna descarriada, con el recuerdo de ese amante callejero viniendo en dedos movedizos que recorrían sus medias de lana. Lo buscó ansiosa, respirando ahogada, hasta que encontró el perfil de ese amante lejano. Hurgó sus fotografías públicas tocándose como si fuera él quien lo hacía. En Información descubrió el MSN expuesto a quién quisiera verlo. Lo agregó al suyo. Al instante una ventana se abrió; junto a los labios cantores de abajo.

-“Hola, ¿quién eres?”-preguntó el hombre de sus sueños, mirando con cara de obrero que no se cansa, desde una foto a torso desnudo que tenía en el avatar.

Ella no contestó. Se acomodó ocultando el rostro y envió la imagen de su cámara, entonces abrió la enciclopedia empolvada que guardaba bien húmeda, bajo enaguas y calzones elasticados, mientras se apretaba los pezones y metía una regla de madera por las páginas sepias de su obsesión. //LND


Publicado en la nacion domingo 22 de agosto 2010 por Eugenio Norambuena Pinto

http://lanacion.cl/cuentos-eroticos-la-obsesiva/noticias/2010-08-21/172952.html